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El Circuit Ricardo Tormo se convierte en un festival de motor y cultura americana

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Bruno Chicote

El asfalto del Circuit Ricardo Tormo no solo vibraba por los motores este fin de semana. Vibraba por algo más difícil de medir: una mezcla de feria, cultura americana y fiesta que transformó al trazado de Cheste en un pequeño universo, donde cada rincón ofrecía una experiencia distinta.




Las motos vintage, alineadas como piezas de culto, aportaban una estética casi rockera, mientras el concierto de A Quemarropa elevaba ese aire a heavy metal: guitarras, cuero, gasolina y motores.

Y por encima de todo, el sonido ensordecedor de los ‘muscle cars’ que revolucionaban sus motores sin piedad, haciendo temblar el suelo y el pecho al mismo tiempo. Cada acelerón era un latigazo de ruido que obligaba a mirar. El público respondía con sonrisas, móviles en alto y ese gesto instintivo de asentir con la cabeza cuando algo suena tan potente que habla por sí solo.

Si el sonido marcaba el ritmo, el olor definía el ambiente. El show de Harley-Davidson dejaba una estela a neumático quemado que se pegaba a la ropa. A pocos metros, el aire cambiaba por completo: parrillas encendidas, hamburguesas y patatas fritas. La Fan-Zone parecía sacada de un barrio estadounidense, con ‘food trucks’ humeantes y colas constantes.


Las tiendas de merchandising y memorabilia convertían el paddock en un pequeño paraíso para coleccionistas. Gorras, camisetas, miniaturas… y, un poco más allá, una de las escenas más curiosas: el ‘Parts Shop’. Allí los equipos dejaban piezas que ya no iban a usar y los aficionados se lanzaban a por ellas. No era raro ver a alguien cargando con un neumático o un fragmento de fibra de carbono. Un chico, empujando una rueda como si fuera un trofeo, bromeaba: “Me haré una mesa con ella”.

Más allá del motor, el circuito también respiraba cultura urbana. En las canchas de baloncesto y el skate park, el ambiente cambiaba de nuevo: ‘hip hop’ y ‘gangsta rap’ sonando de fondo, chavales encestando, skaters probando trucos. Por momentos aquello parecía más Venice Beach, Los Ángeles que Cheste, Valencia.

Minutos antes de la carrera, el ambiente alcanzó uno de sus picos con el ‘Grid Walk’. Los aficionados invadieron la parrilla en una avalancha controlada, rodeando coches y corredores ya concentrados. Los pilotos firmaban autógrafos, posaban para fotos, intercambiaban palabras rápidas con los aficionados, que se agolpaban alrededor de la parrilla sin distancia real entre unos y otros. Una cercanía impensable en otras categorías más herméticas.

El más buscado era Paul Jouffreau. Nacido en Burdeos, pero representando a la Comunidad Valencia. El speaker lo resumió con un apodo que generó sonrisas: “el francés del Cabanyal”. Bastó esa frase para que la grada se encendiera con cánticos de “¡Paul, Paul, Paul!”. Él sonreía y saludaba, arropado por los aficionados, como si corriera en casa.


A pocos metros, Nelson Piquet Jr. acaparaba también la atención. Su presencia tenía un peso especial: el apellido, la trayectoria en la Fórmula 1 y su paso por otras categorías internacionales generaban una mezcla de respeto y curiosidad entre los aficionados. El debut levantaba expectación, pero fue breve; un accidente en la primera vuelta lo dejó sin opciones de completar la carrera.

En medio de ese ambiente festivo, hubo instantes en los que todo se concentró en el asfalto. Justo antes del arranque, el delantero del Levante UD, Carlos Espí, tomó el micrófono para pronunciar el ya clásico “¡Drivers, start your engines!”. El murmullo del público se apagó de golpe, como si el circuito hubiera contenido la respiración durante unos segundos. Y entonces, sin transición, llegó la respuesta: una explosión de motores, un rugido colectivo que sacudió la parrilla e inició la carrera.

Cuando los motores se apagaban, el circuito se mantenía vivo. El paddock seguía en movimiento constante, con seguidores que paseaban entre camiones y coches, y pilotos que caminaban sin apenas barreras ni protocolos. Esa proximidad permitía cruzarse con ellos de forma espontánea, lejos de la burbuja de la élite del automovilismo. En ese contacto directo reside gran parte del atractivo de esta experiencia: la sensación de que el espectáculo se comparte con el público.

Ni siquiera el calor intenso del fin de semana en Valencia logró imponerse. El espectáculo continuo, el ruido y la música lo diluía. Al caer la tarde, quedaba una sensación clara. Lo que ha ofrecido el circuito no ha sido solo automovilismo. Ha sido una experiencia total para todos los públicos, donde el rugido de un V8, el olor a parrilla, el humo de un neumático y un acorde de guitarra podían convivir en el mismo instante.

En Cheste, la NASCAR no solo se ha visto. Se ha tocado, se ha olido y se ha escuchado, ¡se ha vivido!

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